Las heridas Ocultas

    Cuando estamos en casa debemos cuidar muchos detalles, uno de ellos es nuestra manera de hablar delante de los niños. Dos razones, una: Su tranquilidad. Hay momentos en que los padres están en casa sin la presencia de los niños y pueden aprovechar esos instantes para hablar acerca de los problemas que aquejan a la familia (no precisamente cuando estén en la mesa o cuando vayan paseando en el carro), evitan de esta manera que los niños se enteren. No tienen porqué enterarse, su única preocupación debe ser sus estudios. Nuestra tarea es trabajar en función de su bienestar. Debemos procurar los recursos para que los niños puedan satisfacer sus necesidades, lo que no debemos hacer es generarles una carga más al agobiarlos con nuestros problemas. Existen conflictos y necesidades en la familia que el niño debe conocer, pero nosotros debemos mostrárselos disminuidos, sin darle mucha importancia y que entienda que seremos capaces de solucionarlos: “No te preocupes, eso lo resolvemos mañana”. Esto me hace recordar la película “La vida es bella”. En ella un padre se esfuerza por hacerle entender al niño que la situación que estaban viviendo era un juego y que pronto tendría un premio, el pobre no sabía que estaban en medio de una guerra y que vivían en un campo de concentración. Este padre hizo siempre lo posible porque su hijo no sufriera, gracias a él disfrutó hasta el último minuto de la guerra, sobre todo cuando recibió su premio, un tanque de verdad con un soldado incluido. El padre, aún con un arma apuntando su espalda, tuvo el valor de disfrazar la situación, para que el niño no sufriera. Por eso digo, no hablemos de los problemas de los niños, para que no sufran innecesariamente.

    Dos: Su autoestima. Cuando estemos llamándoles la atención a nuestros hijos no debemos decirles cosas negativas o calificativos que puedan lastimarlos, esto va generando en ellos heridas ocultas. Por ejemplo, si tu hijo lleva a casa algo que no le has comprado, primero debes enterarte de su procedencia, es posible que lo haya llevado prestado del colegio o que se lo haya regalado un tío y tú no sabías, pero no le vayas a decir al niño: “Eres un ladrón, yo no quiero ladrones en mi casa…” y por ahí te vas. Debemos pensar bien en lo que vamos a decirles, en cada situación, es posible que, al no saber cuidar nuestras palabras, los ridiculicemos constantemente. “Tú si eres flojo” “Tú si eres cochino” “Tú si eres malo” “Tú si eres feo” “No te quiero”. Cuando este comportamiento continúa por mucho tiempo, los niños pueden desarrollar un sentido negativo de autoestima o pueden mostrar extremos en comportamiento, tal como ser muy agresivos, distantes o pasivos. Si un niño está experimentando este tipo de dolor, esto puede retardar su desarrollo físico, emocional y mental. La mente y espíritu de los niños son muchas veces más frágiles que sus cuerpos. El dolor de tener sus sentimientos heridos puede afectarlos profundamente.

Estas heridas no desaparecen, se quedan, enraízan y pasan a formar parte del autorretrato que el niño llevará consigo por el resto de su vida. Muchas veces los niños que están experimentando heridas emocionales, mostrarán síntomas físicos, emocionales y verbales que aparecerán en el resto de su existencia. Los miembros de la familia deben pensar lo que se dicen entre sí. Las palabras pueden doler tanto como las bofetadas.

Héctor Montero

 

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