Mayor de edad

En estos días mi hija cumple dieciocho años. Ahora que me pongo a mirarla con detenimiento, me doy cuenta de que realmente es otra persona. Ya no es la niña aquella que se la pasaba conmigo para arriba y para abajo, la que enseñé a comer, a caminar, a leer, a contestar, no, es otra, más grande, una mujer, bella, por cierto. Me satisface ver cómo se conduce, como enfrenta sus actividades, con soltura, con determinación, ya no depende mucho de mí. Cómo dije antes es otra persona. Es la primera de mis hijas y siempre que ocurre algo por primera vez uno debe sentarse a reflexionar acerca del hecho, de su importancia y de lo que hay que hacer ahora que existe una situación nueva. Una de las cosas que me gustaría saber es si he podido, en estos largos dieciocho años, preparar a mi hija a enfrentarse al mundo, a la calle, a sus temores, a su curiosidad, a ella misma, porque uno no puede ni debe estar detrás de los muchachos, en todo momento, cuando crecen y se hacen adultos. Ya son unos seres casi independientes, son otros adultos más, responsables de sus actos. Yo pienso que si lo que queremos es que nuestros hijos lleven una conducta aceptable, ya tuvimos bastante tiempo para enseñarlos, para irles diciendo cómo son las cosas, tanto en la casa como en la calle, enseñarlos, inclusive, a tomar como cierta nuestra palabra, para que no se dejen llevar por cualquier otra persona que se les aparezca por el camino. Tuvimos bastante tiempo para corregirlos, para sentar las bases de un nuevo ciudadano que será, a partir de ahora, el único que tendrá que responder por las consecuencias de sus actos. Cuando aún no han cumplido los dieciocho, los muchachos están tranquilos porque, si causan algún daño al edificio en donde vive, por ejemplo, llaman al papá o a la mamá para que responda, pero ahora no, cómo ya son mayores de edad, tendrán que dar la cara. Pero ese es, precisamente, nuestro papel como padres, enseñar a los hijos a actuar adecuadamente, frente a cada situación que se le pudiera presenta, para que mañana no tengan experiencias negativas que pudieran traerles como consecuencias sanciones que por lo general, son muy incómodas. Esto no quiere decir que, como ya son adultos, van a tener una libertad sin condiciones, ilimitada, no señor. Parece mentira, pero el trabajo de nosotros los padres no termina sino cuando nos vamos de esta vida. Tenemos que seguir pendientes de ellos, de estar siempre en contacto con sus actividades, de la universidad o de su trabajo, charlar de vez en cuando para saber cómo es su rutina diaria, quienes son sus amistades. El contacto, el abrazo, la caricia, el beso, no se deben perder nunca.

No es tan fácil dirigirlos ahora, son seres pensantes, autónomos, que tienen una opinión para cada cosa y generalmente son diferentes a las nuestras, por eso de las épocas. Sin embargo, como uno los ha estado acostumbrando a escucharnos, no es tan complicado sentarse a conversar con ellos. Ahora no les puede arreglar los cumpleaños, por ejemplo, porque como cada época tiene sus propias costumbres, ellos lo quieren celebrar de una manera diferente a las que tú, como padre, les propones. Pero no hay que mortificarse tanto porque existe la negociación, los hijos hacen su propuesta, los padres la suya y poco a poco van llegando a la opción que satisface a todos.

 

Héctor Montero

 

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