Mientras el palo va y viene

Hay diferentes maneras de criar a un niño, pero definitivamente la que utiliza el maltrato infantil como base, no es precisamente la mejor. Este tipo de crianza deja muchas marcas en sus cuerpos, y lo que es peor, también las deja en sus mentes. A la larga el maltrato influye negativamente en el desarrollo del infante y puede determinar el fracaso en su carrera escolar y en su adaptación como ser social.

En una oportunidad encontré a uno de mis alumnos sentado en un banco de la plaza, cerca de la escuela, eran las nueve de la mañana y no estaba en su salón como los demás niños. Me le acerqué y le pregunté: “¿Por qué no fuiste a clases?” Se puso a llorar y me dijo que su maestra no lo dejó entrar. Le pregunté: ¿Por qué? Y él me contestó que lo había suspendido porque se peleó con un niñito. “Andrés” seguía llorando. Yo le dije que no había problema, que llevara a su representante, si él no tenía la culpa su mamá entendería. Me respondió que su papá le pegaba y muy duro: “Si sabe me mata a palos”. Ahora entendí la preocupación del niño.

Este es un caso sencillo, para nosotros, que no somos “Andrés”, pero como la razón principal de esta columna es que aprendamos (los padres) a pensar y sentir como los niños para brindarles una mejor forma de vida, que tal si nos metemos en sus zapatos y tratamos de sentir lo mismo que él. Está súper asustado porque le mandaron una citación y sabe que su papá va a descargar sus rabias y frustraciones adquiridas durante el día, la semana, el mes o durante todos sus años de vida, en su pobre humanidad. Quizás si nosotros fuéramos “Andrés”, también estuviéramos aterrados.

¿Qué podemos hacer cuando se nos presentan estos casos? Debemos convencer a cada uno de esos padres, que maltratan sin piedad a sus hijos, por cualquier cosa, de que esa no es la manera de corregir sus fallas y que además le están causando un daño no sólo físico sino mental. Porque no es que el papá de “Andrés” al saber que se portó mal le va a dar un “toque técnico” No, le va a dar bien fuerte, como sólo él sabe hacerlo, le va a dar una pela de esas que dejan marcas. Yo, que no me puedo quedar tranquilo cuando sé que un niño pasa por una situación como ésta, trato de conversar con sus padres para conocer las condiciones de la relación y evitar que el niño sufra otro castigo más. Me tocó convencer al papá de “Andrés” de que no le pegara, que se enterara bien de lo que pasaba en el salón y luego hablara con el niño. Me prometió que en ningún caso, sin importar la falla, le pegaría. El señor habló con la maestra y aunque no le gustó mucho lo que pasaba, contó hasta diez, respiró profundo y se retiró de la escuela. Sé, por “Andrés”, que no lo maltrató, sólo le llamó la atención y no le permitió ver televisión por unos días. Por esta vez “Andrés” se salvó, pero quién sabe cuantas palizas habrá llevado en su vida con sólo diez años. Su caso no es el único, como docente he conocido a muchos alumnos que han sido golpeados con mangueras, palos, “rejos” y cualquier otra cosa, y nosotros con dolor hemos contado cada uno de sus moretones y cada una de sus lágrimas.

Al final los niños no llegan a saber nunca que motiva a sus padres a maltratarlos de esa manera. Lo que sí saben es que a pesar de todos esos maltratos, los siguen queriendo y sólo le piden a dios que les dé la capacidad de entender cuanto sufre un niño “mientras el palo va y viene”...

 

Héctor Montero